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domingo, marzo 02, 2008

Cuento: El Regalo - Parte 3


En el paseo caminé sin rumbo, mirando vidrieras casi como una obligación. Así iba de cuadra en cuadra cuando me encontré con una amiga del trabajo. Tuvo que llamarme dos veces para hacerme salir de esa hipnosis en la que me hallaba.
-Hola, viste que Fernández se va, le ofrecieron un laburo mejor en la empresa del suegro, era hora de que entrara ahí, con la guita que tiene el viejo, una vez adentro ya gana terreno y después no lo para nadie. Decía casi sin respirar.
-Ah, que bien...
-Si, porque la mujer es una insulsa que no sirve para nada, pero él es muy vivo, acá la venía remando, tiene mucha capacidad, no te creas que lo digo porque me gusta, no, nada que ver, aunque si quisiera un touch and go, todo bien...
-Y qué puesto le ofrecieron? Pregunté por decir algo, porque esa conversación no me interesaba en lo más mínimo. Que me importaba si Fernández se iba con su suegro o no, si era un interesado trepador o solo hacía su trabajo...
-Empieza de Gerente de Marketing, pero seguro que en poco tiempo llega a los cargos directivos más importantes, acordate lo que te digo. Ahora hay que ver quién ponen en su lugar acá, ya me veo que le dan el puesto a Gracielita, la muy turra. Y hablaba y hablaba...
Mientras ella me citaba todos los posibles candidatos al reemplazo, incluída ella claro, me llamó la atención una mujer con su hijo de no más de dos años que estaban sentados en la vereda.
Eran muy humildes, con sus ropas roídas, pero no mendigaban, ella vendía unas carpetitas de crochet de varios colores, mientras su hijo le ordenaba los hilos.
-Ah, no, tal cual.. Contestaba mecánicamente ante el monólogo de mi amiga.
La mujer mostraba el paso de los años marcado en su rostro, aunque era difícil decir cuántos años tenía. El niño ordenaba de manera prolija los hilos y cada vez que terminaba una gama de color, enseñaba su obra maestra a la madre, que lo abrazaba y besaba a manera de recompensa.
Las personas no se detenían en ellos, salvo alguna vieja que admirara el trabajo artesanal de la mujer, no eran muchas las carpetitas que podía vender.
Cada tanto algún trajeado deslizaba un billete o una moneda hacia la mujer, pero esta rechazaba de plano cualquier dádiva y ofrecía su trabajo. Pero las personas estaban demasiado apuradas como para detenerse, todas corrían hacia algún lado, con caras de preocupados o absortos en su conversación telefónica.
-Bueno me voy que Mechi me espera para ir al cine. Mañana la seguimos en el trabajo, si?. Dijo mi amiga y salió corriendo.
-Si, claro, saludos a Mechi.
Libre por fin de esa historia sin fin con ribetes de oficina me acerqué a la mujer. Esta me sonrió y preguntó si quería comprar una carpeta para mi casa.
Hablaba en forma pausada, realzando las bondades de su producto y deteniéndose cada tanto para aleccionar a su hijo cuando el pequeño hacía algo incorrecto. No lo retaba, él tampoco parecía descontento de estar ahí, no le llamaba la atención la juguetería que se levantaba a unos pocos metros.
Había tanto arte y cuidado en esas simples carpetitas que tuve ganas de comprarle toda su producción. Pero no era por el arte en sí, nunca me importaron las carpetitas tejidas a crochet.
Era una mezcla de sensación de paz, de dignidad y la vez de vacío e injusticia. Por qué tenía que estar esa mujer en esas circunstancias y los demás mirando para otro lado?
Y me acordé del cuadernillo de fotos, la imagen del hombre a la salida de la Iglesia, los viejos en el Hospital. Esas personas se hacían presentes y peleaban por quedarse en mí.
Aturdida, compré dos carpetitas con la poca plata que me quedaba y volví a mi depto.
Tomé el cuadernillo y observé por largo rato sus fotografías que mostraban lo hermoso de la vida y la crueldad de los seres humanos, algunos empeñados en destruir todo aquello que han logrado.
La última foto me llamó la atención, era un hombre adulto, de espaldas, con su vista clavada en una pared gris y en una actitud totalmente inerte.
La inscripción decía “Nacemos y morimos una sola vez, pero a diario nuestras acciones u omisiones pueden provocar pequeñas muertes, como así también pequeñas vidas. De uno depende...”
Cerré el cuaderno y pensé porqué a mí. Si podía entregárselo a cualquiera que pasara por la calle. Qué pretendía el hombre que yo hiciera??. Nunca me fijé metas lejanas, siempre fui pisando sobre camino conocido, sin molestar a nadie. Ahora tenía dos opciones, seguir como hasta ahora, o intentar algo nuevo. No sabía exactamente qué significaba ese cambio pero no podía mirar a la pared como ese hombre de la foto...
Metí el cuadernillo en una mochila y salí al encuentro del hombre grande con andar de oso. Tenía la sensación de que iba a encontrarlo aunque en realidad ni siquiera sabía a dónde iba.
En una esquina me detuve a esperar que cambiara el semáforo cuando del otro lado de la calle lo vi. Reconocí ese andar de oso, esa cabeza hacia abajo. Corrí a su encuentro y al alcanzarlo me miró. Yo intenté una disculpa a la vez que sacaba el cuadernillo con la firme intención de devolvérselo.
-Esta bien. Gracias. Dijo él con su voz amable. No hizo preguntas, no quiso saber más. Tomo el cuadernillo dio media vuelta y emprendió su lento caminar.
Se que hubiera querido decirle mil cosas, que me contara la historia de cada una de las fotografías, que me dijera porqué yo. Pero no hizo falta, su última mirada me sirvió para darme cuenta de que él sabía que yo sabía.

FIN

martes, febrero 26, 2008

Cuento: El regalo, parte 2

Era un cuadernillo viejo, con sus tapas roídas y un extraño título: “La vida y sus pequeñas muertes”.
Iba a tirar el extraño regalo a la basura pero como sucede a veces, los tachos brillaban por su ausencia. Así que para no agregar más mugre al paisaje, me lo quedé.
Ya en casa, lo arrojé sobre la mesa de luz y corrí al baño para comprobar que mi cara no tuviese el aspecto de un boxeador en el octavo round.
Los días siguientes al misterioso episodio transcurrieron con total normalidad, salvo por mi insistencia en mirar bien antes de doblar en una esquina.
Cierta tarde, luego de un día de trabajo agotador, de esos en los que desearíamos tener tres manos, dos mentes y sobre todo cinco cuerpos para poder cumplir con todo, llegué a casa con un dolor de cabeza incipiente. Ya conocía esos síntomas, así que antes de dejarlo empeorar, me acosté y dormí unos 45 minutos.
Desperté con el sonido de mi celular que retumbaba sobre la mesa de luz y mi mano se topó con el cuadernillo vetusto, con tanta mala suerte que el celular cayó al piso y su batería salió despedida hacia el agujero negro que había detrás del placard.
Cuando la conseguí, después de llenarme de pelusas mi sweater nuevo, la coloqué en el celular y antes de prenderlo noté que el cuadernillo también había caído, pero cerca de la cama. Se había abierto y mostraba su interior lleno de fotografías y anotaciones al margen.
Lo levanté con cuidado y me senté en la cama para mirar mejor aquellas fotos que parecían estar colocadas como en una fotonovela. Tras una ojeada rápida noté que todo el cuadernillo mantenía el mismo formato de fotos y anotaciones al margen, pero las fotografías que en un comienzo eran en blanco y negro y demostraban su antigüedad, las últimas en cambio eran a color y a juzgar por mi experiencia visual, bastante recientes.
Volví a leer el título de esa especie de álbum personal. “La vida y sus pequeñas muertes”. Sin mas palabras que esas en la portada. No había nombre de autor, fecha ni ningún otro indicio que significara una clara pertenencia a una persona.
-El hombre oso me dejó el álbum de su vida.-pensé escéptica pero a la vez intrigada.
Las primeras páginas mostraban distintas situaciones cotidianas de la década del 50 o 60, no supe seguridad.
En una, un señor de muy buen pasar, vestido con los mejores trajes europeos, sacaba a la salida de la Iglesia del Pilar su billetera, ante la atenta mirada de unmendigo.
En la foto siguiente el mismo señor le tiraba al tachito tres monedas pequeñas al mendigo y esquivaba su mano cuando éste último se la tendía en gesto de agradecimiento.
Lo curioso en sí de todo esto eran esas anotaciones que invadían las fotografías, estaban hechas con distintos tipos de tinta y no tenían un hilo conductor.
Listo, el pudiente ha comprado su redención dominical, ahora dormirá tranquilo. Mientras, el mendigo seguirá pidiendo, ya no cariño, comprensión o trabajo, seguirá estirando su mano por unas pocas monedas que le permitan comer ese día, solo eso”
Otra anotación, escrita en la segunda foto decía “el dinero y su poder, qué debemos hacer para que lo importante no sea tener y tener, a cualquier precio, sacrificando todo. Qué??”
En la página siguiente las fotografías mostraban la espera de una pareja de ancianos en lo que parecía la sala de espera en un Hospital. El marido visiblemente dolorido y su compañera tomándole la mano. La escena era casi la misma, solo que cambiaban las personas que pasaban delante de ellos, sin fijarse siquiera en su existencia. Médicos, enfermeras, administrativos y personal de limpieza. Todos pasaban por ahí.
Uno de los peores males de la vejez es el olvido” decía en una foto una inscripción en rojo.
Lo peor es que a todos nos llega el mismo final y todo en la vida tiene su revancha, los jóvenes de hoy, serán los viejos de mañana”.
Cerré el cuaderno con fuerza, demasiados problemas tenía como para amargarme con tantas cosas negativas. Lo volví a tirar en la mesa de luz y decidí salir a despejarme un poco.

(Continuará)

sábado, febrero 23, 2008

Cuento: El regalo

Salió de ahí sin rumbo fijo, caminó por las mismas calles de siempre pero esta vez desde otro lugar. Estaba enfrascado en su mundo, un lugar ajeno al bullicio general, donde las dudas siempre eran más que las certezas.
No era un lugar agradable, pero sin que nadie lo empujara, se metía en él.
Así iba aquella tarde cuando lo encontré por primera vez, fue un encuentro accidentado. Chocamos al doblar una esquina y su andar de ciego dio de lleno contra mi andar de gacela. Contrariamente a todos los pronósticos, el que cayó al piso fue él, desparramado con su metro ochenta en el piso, se incorporó lentamente dando toda una serie de disculpas difíciles de comprender.
Toda una serie de balbuceos hasta que por fin, de pie, dijo:
-Se lastimó señorita??
-No, estoy bien. Dije yo aturdida por semejante golpe.
-Yo venía sin mirar, estaba preocupado por un.. pero segura que no se hizo nada?
Debía notar que me encontraba en estado casi de nock out porque de imediato pidió un taxi y me llevó hasta la salita sanitaria más cercana que por esas cosas del destino, estaba cerrada por desinfección.
En el trayecto se lo notaba nervioso y apenas se atrevía a mirarme. Le dijo algo al chofer y cuando llegamos pagó con rapidez y me tomó de la mano para bajar.
Estábamos frente a una librería de esas que ya no quedan, con su viejo librero y los volúmenes llenos de polvo.
Una vez dentro me sentó en una silla y me ofreció agua. Se fué con su paso de oso y el que regresó fue el viejo librero, bandeja en mano y cara de horror.
-Señorita, disculpe lo sucedido, tome un poco de agua, quiere que llamemos a alguien?
-Mmmsi, pero no va a ..., a lo mejor si llamamos al num....no, mejor busco mi celular. Contesté sin demasiada conciencia de lo que decía.
-A veces los golpes son como sacudones que reacomodan nuestras vidas, duelen un poco pero luego nos damos cuenta de que nos han servido. Nunca sabemos hasta donde podemos dar ni cuantas cosas nos quedan por hacer, son pocos los que trazan un plan en su vida y lo cumplen, los demás vagamos de sueño en sueño, de fracaso en fracaso, y seguimos viviendo. Monologaba el viejo, con su dialecto tan particular.
Qué?? Pensaba yo, de qué me habla, me duele un poco la cabeza pero que tiene que ver conmigo?? Y el otro que no aparece, mejor me voy cuanto antes.
-Tome gracias por el agua, ya estoy bien, gracias por todo. Hasta luego.
Me levanté de un salto y busqué la salida, no recordaba que habíamos dado muchas vueltas al entrar. Doblé a la derecha y al dirigirme hacia la luz de una ventana me topé con el hombre grande.
-Se marcha, acabo de llamar a un médico amigo, viene en camino.
-No, gracias, no se preocupe. La puerta?? Dije yo media nerviosa por una situación que se dilataba mas de lo posible y aguantable.
-Por allá, a la izquierda, siga hasta el armario marrón y doble a su derecha. Dijo el hombre un tanto dubitativo.
Caminaba hacia el armario marrón cuando su voz me detuvo.
-Espere, por favor, déjeme enmendar mi falta. Llévese esto.
-No es necesario, no puedo acept...
-Insisto, mi vida tendrá sentido si lo hace. Dijo casi en tono de súplica.
Tomé su regalo, sin mirar siquiera de qué se trataba y huí de ese lugar de locos. El sol de la calle me dió de lleno en los ojos y me cegó por unos instantes. Ciega como estaba giré a la izquierda y caminé con paso rápido hacia cualquier otro lado.
No recuerdo cuánto caminé pero sí que divisé una plaza con niños jugando y hacia allí fuí. Me senté en un banco, a la sombra de un palo borracho y miré el extraño regalo...

(Continuará)