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sábado, febrero 21, 2009

La Compañía

La teoría parecía bastante conspirativa, pero había comprobado cada una de las pistas y todas llevaban al mismo lugar.
El hombre al que llamaremos D. sabía que la Compañía se le vendría encima, que borrarían todas las pruebas y lo harían quedar como un tonto o un loco, de hecho, sabía que lo vigilaban, desde su último llamado hace un mes y medio, cuando logró vencer a la máquina, a la telefonista, al supervisor y pudo comunicarse con un gerente.
Nada logró con ese diálogo pero les hizo saber que ya no podrían seguir operando tan impunemente. ¿O si?
La historia había comenzado a escribirse tres meses antes, cuando no le llegó su factura de celular.
Los primeros días no le dio importancia pero cuando el retraso se hizo evidente, se comunicó con el *xxx para pedir el reenvío de su factura.
La máquina le tomó los datos de manera correcta y le aseguró en su mejor tono de asistente perfecta que en el transcurso de diez días le estaría llegando la tan mentada factura.
Seguía en sus asuntos cotidianos cuando en el día 8 de la comunicación descubrió con fastidio que le habían cortado el teléfono.
A partir de allí, lo que era un simple reclamo por la habilitación del celular se transformó en un descubrimiento asombroso. Algo que le demostró la magnitud de la Compañía y el cinismo más absoluto con el que operaba.
Primero reclamó igual que la vez anterior, con el *xxx. Al no obtener una solución intentó mediante la página de internet con el mismo resultado negativo.
Entonces comenzó a investigar entre sus vecinos y amigos, les hacía las mismas preguntas y en casi todos los casos obtenía la misma respuesta. Las facturas no llegaban, el enojo crecía pero todos aceptaban mansamente este atropello.
Hasta que en una de sus requisas se topó con un niño de unos 8 años, pecoso y algo tímido. Ya lo había visto antes, siempre de lejos, con la vista fija en él.
-Perdón nene, ¿te pisé?- dijo preocupado.
-No- respondió el chico con la cabeza gacha y sus ojos concentrados en un agujero de su remera.
-Bueno, mejor así- se apuró a decir D. mientras se encaminaba a la casa de la esquina.
-Ellos no le van a decir nada, no saben, nadie sabe- dijo el pecoso mirándolo de reojo.
D. frenó su marcha y se dio vuelta para mirar al chico, levantó sus hombros y frunció el ceño. Éste, al sentirse observado se ruborizó pero aún así se acercó a D.
-Nadie puede verlos, trabajan muy rápido y en grupo. Son muy chiquitos, parecen ratas o topos, pero no...si uno los observa bien tienen cara de humanos...
El niño había logrado captar la atención de D. quien ante semejante revelación no podía decir una palabra. Le hizo un gesto con la mano, como para que continuara su relato, pero el chico dudó, estaba asustado y decidió salir corriendo muy rápido y perderse al doblar la esquina.

CONTINUARÁ...