Se nota que ya estamos en plena primavera, el sol calienta a traves de los vidrios del auto, afuera el viento nos recuerda que todavía tenemos cerca al invierno que se fue.
El pasto crece, o los yuyos mejor dicho, sin parar y hay que ponerse todas las semanas, cable en mano, a cortarlo.
Las hormigas se hacen un festín con las plantas más lindas, son selectivas las guachas, no van a elegir una planta insulsa y con mucho follaje, naaaaa, ellas van y se manducan el jazmín y los rosales. Las muy turras...
Pero se sienten los aromas de las flores, el verde cubre la ciudad y hace túneles en las calles del centro.
Todos empiezan a tomar un lindo color, menos yo claro que llegaré al verano tan blanca como Andrea del Boca, pero no importa, me gusta la primavera, con sus brisas, sus primeros mosquitos y con las búsquedas del protector solar, las gorras y las reposeras que quedaron por ahí, escondidas despues del último verano.
En tiempos idos, la primavera era sinónimo de las primeras escapadas a la playa, que era toda para nosotros, sin carpas, sin gente y con unas pocas parejas que se animaban a llevar el perro.
Ahora, subida al tren de la rutina escolar de los chicos, de las corridas del trabajo, y todo lo demás, me sigue gustando cerrar los ojos, mirar para arriba y sentir el calor del sol en mi cara.
Adoro tomarme unos minutos y tirarme en un buen pasto cortadito y tupido (no el mío, claro) o llenar mi casa de flores recien cortadas.
Si, definitivamente me gusta la primavera.